Mundo Obrero - Higinio Polo
El conflicto sirio es una
incipiente guerra civil cruzada por antagonismos políticos, sociales,
religiosos y étnicos, que se está agravando desde hace meses. Siria está
habitada por una mayoría árabe, y tiene población kurda, y, en el aspecto
religioso, alberga una mayoría sunní árabe, además de la minoría alauita, la
minoría kurda sunnita, los cristianos (tanto armenios, como greco ortodoxos), y
otras, como los drusos. El régimen de Bachar el-Asad cuenta con importantes
apoyos entre la población, pero ha ido perdiendo capacidad de control desde que
estallaron las primeras protestas, que se han convertido en enfrentamientos
armados. Esa incipiente guerra civil (por ahora, se limita a algunas provincias
del país), es negada por la propaganda occidental… mientras financia y arma a
uno de los bandos contendientes. Los rebeldes han sido alimentados por las potencias
de la zona, como Turquía, Arabia y Qatar, por los activos mercaderes de la
guerra que introducen armas desde el Líbano e Iraq, y por la acción de Israel,
y, tras ellos, de Estados Unidos.
La tergiversada información servida en los principales medios de
comunicación mantiene un simplista análisis que difunde la idea de un régimen
dictatorial y unas protestas civiles que estarían siendo aplastadas por el
ejército sirio causando constantes matanzas: así, en Homs nos encontraríamos
con una ciudad indefensa bombardeada por el tirano sirio. En realidad, en Homs
se están produciendo combates entre los dos bandos en pugna, y presentar la
situación exclusivamente como un levantamiento popular mayoritario contra
Bachar el Asad es ocultar que el presidente sirio continúa teniendo un
importante respaldo entre la población. Ese esquema propagandístico, ya
utilizado en Libia, intenta levantar una oleada de indignación ciudadana en
Europa y Estados Unidos que justifique el recurso a la guerra; si es posible,
consiguiendo la neutralización de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de
la ONU, y, si no, a través de otros mecanismos. Por eso, el proyecto de
resolución presentado en el Consejo de Seguridad de la ONU (respaldado por las
potencias europeas y Estados Unidos y vetado por Rusia y China) era el inicio
de un camino que llevaba a la intervención militar, como en Libia.
La cuestión principal que se ventila en la crisis siria es, por su
condición de aliado de Irán, la posibilidad de aumentar el acoso al régimen
iraní. Cobrar la pieza siria es, en el esquema contemplado por las cancillerías
occidentales, el primer paso en el asedio a Irán para bloquear su
fortalecimiento como potencia regional. Irán está padeciendo un completo
programa terrorista (organizado por los servicios secretos israelíes con la
complicidad norteamericana) que acosa y asesina a los científicos de su
programa nuclear, con ataques a centros militares e incluso atentados en
algunas ciudades. Las dictaduras petroleras del golfo, con Arabia y Qatar a la
cabeza, enemigas de Irán, están jugando la baza de la destrucción del poder
iraní, en pugna con Turquía, nueva potencia regional ascendente, y bajo la
atenta mirada israelí y norteamericana, cuyos gobiernos apuestan por el acoso
permanente a Teherán, con el pretexto de su programa nuclear, pese a que Irán
no cuenta con bombas atómicas y no podría, en ningún caso, equilibrar la fuerza
nuclear israelí, que, de hecho, cuenta con el monopolio atómico en Oriente
Medio. Todas las potencias tienen su propia agenda en el conflicto: así, aunque
Turquía y Arabia confluyen ahora en el acoso a Siria, y, sin declararlo, a
Irán, no por eso dejan de tener su propia rivalidad como potencias regionales
que aspiran a un papel creciente en Oriente Medio. Israel, por su parte, quiere
hacer irreversible su papel de única potencia atómica en la zona, y ese
objetivo implica la destrucción del programa atómico iraní e, incluso, la
quiebra de su potencial económico. Para Irán la situación es muy preocupante:
afronta un acoso constante desde Estados Unidos y observa con creciente
preocupación la crisis abierta en Siria, su principal aliado.
El intervencionismo militar de Occidente (bajo el paraguas de la OTAN o
a través de una coalición creada al efecto) se concreta en el apoyo al Ejército Libre de Siria, que se nutre,
además de militares sirios desertores, de mercenarios llegados de otros países,
como Libia, Líbano, Arabia, Qatar, etc, y de las siempre sospechosas redes de
Al Qaeda (que ha llamado a luchar contra el régimen sirio) que tan útiles han
sido siempre para Estados Unidos. La activa Qatar está, incluso, infiltrando
grupos de comandos especiales. Esa oposición siria dispone ya de apreciable
material bélico e incluso de armamento antitanques, y, desde la base
norteamericana de Incirlik, en Turquía, se organiza el entrenamiento, la
entrada de armas y se les facilita información obtenida por los servicios
secretos occidentales. La acción norteamericana cuenta con el apoyo tácito del
gobierno turco, que es consciente de que, en el nuevo mapa de Oriente Medio, Estados
Unidos opta por un tipo de intervención similar al de Libia, es decir: sin
enviar directamente tropas, utilizando los bombardeos sistemáticos, y
procurando que la más directa intervención militar sobre el terreno, si se
produjese, fuera de otros países aliados de la OTAN, tal y como ocurrió en
Libia. Sin dejar ningún flanco a la improvisación, todo ello va acompañado de
una gigantesca campaña de intoxicación de la opinión pública para hacer creer
que el intervencionismo militar tiene como único objetivo “defender a la población
civil”. Así, una sorprendente coalición entre Estados Unidos y sus principales aliados
de la OTAN, las dictaduras monárquicas del Golfo y Al Qaeda se aprestan a
terminar con el régimen sirio. Washington ha escarmentado en Iraq y Afganistán
y sabe que el despliegue de tropas sobre el terreno comporta cuantiosos gastos,
la muerte de muchos soldados, y una creciente impopularidad entre la población,
porque las guerras que se empantanan se llenan de relatos de sangre, mugre,
muerte y destrucción.
Por eso, el conflicto sirio y el acoso a Irán no tienen nada que ver con
la defensa de las libertades democráticas: esos argumentos son apenas señuelos
para justificar el intervencionismo militar y, eventualmente, el inicio de una
nueva guerra de agresión. El hecho de que el Irán de los ayatolás sea una dictadura sanguinaria (que persigue con especial
saña a los comunistas, por ejemplo) no justifica el inicio de una nueva guerra,
y Moscú y Pekín aciertan cuando postulan que los cambios políticos en la zona
han de surgir de los ciudadanos y no de nuevas aventuras militares que pueden
extenderse al Líbano, a los territorios palestinos ocupados, al Golfo Pérsico,
en una espiral que convertiría a Oriente Medio en una gran pira funeraria. Porque,
pese al griterío de los aventureros y de la prensa conservadora internacional, y
más allá de los distintos regímenes políticos, la guerra es la peor de las
hipótesis para la población de la zona. Después del desastre libio, cuya
población vive aterrorizada por el caos y la arbitrariedad de las milicias
armadas; tras la larga noche de terror que ha vivido Iraq, con una guerra
impuesta y una ocupación militar que ha destruido el país; después haber
aniquilado Afganistán y del acoso a la población pakistaní con bombardeos
indiscriminados; lo peor que puede llegar a Oriente Medio es el inicio de una
nueva guerra, de imprevisibles consecuencias. Sin embargo, el gobierno israelí
ya ha anunciado, oficiosamente, su decisión de atacar a Irán, y todo parece
indicar que Netanyahu está al acecho del momento oportuno para iniciar el
ataque.
Las críticas de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton,
al doble veto chino y ruso en el Consejo de Seguridad, acusándoles de querer
mantener sus intereses en la zona, acusación que ha sido repetida con presteza
por toda la prensa internacional, no resisten el menor análisis: primero,
porque quiere ignorar la presencia de decenas de miles de soldados
norteamericanos en todo Oriente Medio y el agresivo patrullaje de su flota en
el Golfo Pérsico, y, por otra parte, porque son los evidentes intereses norteamericanos
en el control del petróleo la razón última de su actuación. Rusia tiene una
base militar en la ciudad siria de Tartus, pero su interés principal radica en
la defensa de la estabilidad porque quiere reconstruir, a medio plazo, su
antigua influencia en Oriente Medio, y China opta por una política exterior que
garantice su abastecimiento de petróleo y que contribuya a unas relaciones
internacionales pacíficas que le permitan continuar sin sobresaltos su
desarrollo económico. Ninguno de los dos países quiere que la guerra continúe
ensangrentando Oriente Medio, y postulan el inicio de negociaciones entre el
gobierno sirio y la oposición. Más allá, las palabras de Clinton eran una
cortina de humo sobre los verdaderos objetivo de Estados Unidos: controlar las
fuentes de energía en Oriente Medio y Asia central, destruir los lazos de Moscú
con las antiguas repúblicas soviéticas situadas entre el Caspio y Afganistán, y
la liquidación de la base de Tartus utilizada por la flota rusa en el
Mediterráneo. En el fondo del escenario, la siempre presente tentación norteamericana
de redefinir todo Oriente Medio (sin hacer nada efectivo para resolver el drama
palestino), forzando a China y Rusia a una retirada estratégica y a la pérdida
de su influencia en el mundo islámico. Como en una partida de ajedrez, cada
movimiento precisa pasos posteriores y anuncia objetivos más amplios.
Hay muchas incógnitas todavía: la evolución de Turquía, la respuesta iraní
al acoso a que está siendo sometido, y la imprevisible y turbia política de
Arabia Saudí que apuesta por la exportación de un islamismo rigorista y feroz,
además del inquietante papel de Israel, dispuesto a lanzar en cualquier momento
su aviación de combate contra Irán. Entre el griterío de los tambores de guerra
y de los obedientes medios de comunicación occidentales (que repiten los
argumentos elaborados en el Pentágono, en los Estados Mayores y en las agencias
publicitarias contratadas para vender el acoso a Siria e Irán y, eventualmente,
la guerra), se esconde el viejo intervencionismo colonial que, en el siglo XXI,
está adoptando formas novedosas: Estados Unidos (forzado por sus problemas
económicos y por las guerras inconclusas de Iraq y Afganistán), prefiere
mantenerse en un segundo plano y que sean sus aliados de la OTAN y las
monarquías dictatoriales del Golfo Pérsico quienes lleven la voz cantante.
Las poblaciones árabes e islámicas ansían el progreso y la libertad pero
no quieren la guerra, aunque la caritativa Hillary Clinton crea que suspiran
por los “bombardeos humanitarios” de la OTAN. Mientras los guerreros
justicieros de Netanyahu acechan en Tel-Aviv el momento oportuno para atacar a
Irán, el planeta contiene el aliento, porque la ruta de Damasco termina en
Teherán. El destino inmediato de Siria no puede ser más tenebroso, pero hay que
evitar que estalle la guerra, porque el mundo ya conoce la bondad de la
política norteamericana y de sus aliados en el mundo islámico, que sigue
ensangrentando países, desde el infierno afgano hasta el caos libio, pasando
por el insoportable sufrimiento palestino bajo la ocupación y por la cámara de
los horrores en que convirtieron a Iraq.